Puede que no sea la pousada más espectacular de Portugal, pero su emplazamiento adyacente a la frontera española y al parque natural de los Arribes del Duero la hacen un bocado apetitoso para los fines de semana de los zamoranos y los gallegos. La pousada de Sao Bartolomeu se encuentra en Braganca, una imponente ciudadela rodeada por 18 torreones que esconde un castillo medieval, una catedral y una picota gótica.
Separada por el hilo profundo del Fervenca, la pousada encuentra acomodo en la ladera opuesta a la ciudad, junto a la pequeña ermita de Sao Bartolomeu, por lo que las vistas desde la terraza se suponen subyugantes. El edificio en sí no tiene mayor interés que su medio siglo de historia y las sucesivas transformaciones que ha sufrido, bajo cuya fachada sigue constituyendo un atractivo visual -más que utilitario- la piscina semiesférica de baldosas que se confunde con la arboleda de la sierra de Montesinho.
Distribuidas en cinco plantas, las habitaciones expresan con pulcritud la austeridad de la pousada, que cede todo el protagonismo al bosque de alrededor a través de sus terrazas. Entre todas las habitaciones destaca por su amplitud la 414, que envuelve al durmiente en un cálido retablo de madera de haya, abierto al exterior mediante una gran cristalera. No todas reciben esa explosión matinal de luz y color, pero sí miran con resolución a la ciudad medieval, iluminada de noche desde el palacio de los duques hasta su cinturón de murallas.
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