La Alberca se sitúa en el privilegiado entorno de Sanlúcar de Guadiana, un pequeño pueblo de luminosas calles donde el agua es frontera (con Portugal, frente a Sanlúcar: Alcoutim) y fuente de una rica naturaleza. Es un enclave donde se anudan leyendas y se hace difícil discernir qué materiales corresponden a la realidad y cuáles a la ficción.
Pasear por las calles de La Alberca y disfrutar de sus plazas, la del Ayuntamiento y la de la iglesia (Solano), es sentir las punzadas del color de los geranios que adornan sus balcones. Colores rotundos y formas cimbreadas por el paso del tiempo; en las casas, de piedra, madera y adobe, siempre dos puertas: la grande, para acceder a la cuadra, y una más chica, para entrar a la vivienda. En el sobrao se cura el maíz con el humo que llega desde una cocina en la que nunca había chimenea. En el pueblo hay una casa museo para familiarizarse con un modelo arquitectónico que habla de una forma de vida.
La Alberca es una amalgama de razas, religiones, estados carenciales y épocas de abundancia que se proyectan en su fisonomía urbana y en sus tradiciones. Paseando por sus calles, por Tablao y La Puente, llaman la atención inscripciones y símbolos cristianos en los quicios y dinteles: son el gárrulo subrayado de la conversión de los judíos que, nunca creídos del todo por los inquisidores, cebaban un cerdo para entregárselo a la iglesia el día de San Antón.
La Alberca es hoy un lugar privilegiado del mundo y, sin embargo, quedan huellas de lo que fue una manera de vivir no sólo humilde, sino abiertamente pobre: en los menús de los restaurantes, las patatas meneás, al lado del ciervo relleno de Brie o de los boletus, constituyen hoy un manjar que, no hace tanto tiempo, era la base alimenticia, el desayuno, la comida y la cena de los albercanos. Hoy, las calles huelen a flores, a miel y al aroma profundo que brota del interior de las tiendas de embutidos y chacinas llamando al viajero como el polen a las abejas.
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